La banda sonora perfecta existe. Y no me refiero a la música que suena en una campaña, sino a la música que escucha un creativo mientras se inventa esa campaña. No la música que nos gusta y ponemos de fondo para trabajar, sino aquella que, de alguna forma, consigue situarnos al lado del anunciante o del público objetivo, acercándonos a su realidad.
Cada cliente, cada producto, tiene su sonido. Si logras dar con él, y lo escuchas mientras “centrifugas”, puede ayudarte a captar el tono adecuado para el mensaje y a generar conceptos bien enfocados, a menudo entorno a valores universales.
Sonido, ritmo y melodía poseen un triple poder (sensorial-afectivo-mental) que produce resultados sorprendentes en el nivel de creatividad, algo muy útil para nuestro trabajo. El volumen y la letra son importantes también: si el volumen es demasiado alto, o la letra tiene mucha carga para ti, puede que no consigas pensar. Pero si lo que necesitas es sentir, no pensar, los decibelios y las rimas despertarán tus emociones.
La clave de todo esto podría estar en la capacidad que tenemos para sincronizar nuestros latidos con el compás que estemos oyendo. Cuando una canción resuena en la misma frecuencia que nuestro cuerpo es fácil entrar en un estado de flow, en el que empleamos casi todas las áreas del cerebro. Entonces, concentración, creatividad y productividad se disparan. Pero para que la técnica funcione conviene no dejarse llevar por los gustos propios y abrir la mente (y los oídos) a otras propuestas.
Si te interesa descubrir nuevos sonidos, la red es un pozo sin fondo: plataformas gratuitas como Spotify o Grooveshark te lo ponen fácil; también puedes valerte de emisoras que clasifican la música en función del estado de ánimo, como Rockola o Musicovery. Otra opción interesante son las compilaciones creadas por diseñadores de todo el mundo que suenan en The Designers Mixtapte.




